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Nuestras ideas y valores

La igual libertad es el principio básico que perseguimos los socialistas democráticos. Aspiramos a una sociedad en la que cada persona sea dueña de su propio destino, y pueda desarrollar su proyecto vital sin estar sometida o dominada en ningún ámbito de su vida. Una sociedad, por tanto, democrática, justa, incluyente, respetuosa con las diferencias culturales e identitarias, plural y participativa. Una sociedad, también, en equilibrio con su entorno natural, como valor inalienable de nuestro espacio público.

La desigualdad económica, social o legal, es el principal obstáculo con el que se topa el principio de igual libertad. Para erradicar la desigualdad, que permite que unos ciudadanos vivan bajo la tutela de otros más poderosos, los socialistas democráticos, defendemos la acción positiva del Estado, dentro del marco de la Constitución.

Así, el Estado debe protegernos frente a la dominación con instrumentos legales y jurídicos, como los derechos civiles (Ley de Igualdad, Ley contra la violencia machista, matrimonio entre personas del mismo sexo…etc); y debe luchar contra las desigualdades, garantizando derechos universales como el acceso a la educación, a la sanidad, a las pensiones o a la ayuda a las dependencias.

La fortaleza del Estado para acometer esta tarea se basa en su legitimidad. Una legitimidad que emana del correcto funcionamiento de nuestras instituciones democráticas. Defendemos unas instituciones transparentes, sometidas al ordenamiento legal, y que respeten la división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial).

Los socialistas democráticos pensamos que un Estado con capacidad de acción, es el mejor instrumento para promover la libertad en igualdad de condiciones. Por el contrario, los conservadores y neoliberales, opinan que el medio más efectivo para aumentar la libertad de las personas es el libre mercado, con escasa intervención de los poderes públicos. Pasan por alto, de esta manera, las desigualdades, los desajustes y los excesos sociales y medioambientales que provoca un mercado todopoderoso, poco regulado, y no limitado por la acción estatal.

Nosotros, en cambio, defendemos que la economía de mercado da sus mejores frutos cuando está sujeta a las garantías y al contrapeso de las políticas públicas. En este sentido, nuestra política económica se proyecta sobre el largo plazo, y se eleva sobre el principio de responsabilidad.

Una política económica progresista es aquella que sabe combinar la creación de riqueza con el progreso social y el respeto al medio ambiente. Es aquella que busca un desarrollo sostenible, asentado sobre actividades productivas y no especulativas, garantizado así su viabilidad futura. Es una política que aumenta el superávit en época de bonanza económica, para incrementar la inversión pública (en infraestructuras o I+D+I) y reactivar así la actividad y el empleo cuando llega una coyuntura desfavorable.

La política económica conservadora es, por el contrario, individualista y cortoplacista: busca el rédito inmediato e individual, sin preocuparse por los efectos a largo plazo en la sociedad y el medioambiente.

El principio de igual libertad también exige un espacio público plural e incluyente. Los socialistas democráticos defendemos una concepción laica del Estado, donde prevalezcan los valores constitucionales. La práctica de cualquier religión debe respetar nuestro ordenamiento jurídico, y ha de ejercerse en el ámbito privado, como producto de una decisión estrictamente personal. El espacio público es patrimonio de creyentes, agnósticos y ateos, y por tanto, no puede ser invadido ni monopolizado por ninguna confesión en particular. Por el contrario, la ideología conservadora privilegia la presencia de una determinada religión en el espacio público, como factor de identidad nacional.

La participación activa de los ciudadanos en los asuntos públicos amplía el horizonte de nuestra libertad y nuestra igualdad, fortalece nuestro sistema democrático, y mejora la calidad de nuestro espacio público. El Estado que defendemos los socialistas democráticos es, por tanto, un Estado abierto, transparente y cooperativo, que acerque la política a la ciudadanía y aumente los ámbitos de participación. Un sociedad civil fuerte es, como señala Ralf Dahrendorf, “la infraestructura de la libertad”.

El espacio público, además de ser el ámbito donde se ejercen los derechos y las libertades civiles, es un espacio físico: es nuestro territorio. De ahí se deriva nuestra preocupación por proteger nuestro entorno natural y preservar su biodiversidad, como un valor en sí mismo, una riqueza que heredarán las siguientes generaciones. Como afirma Ulrich Preuss, “el futuro no puede ser el estercolero del presente”. En este sentido, el Estado debe intervenir activamente en dos frentes: en el global, para luchar contra el cambio climático; y en el local, para evitar la especulación urbanística, que destruye el espacio público y limita nuestras posibilidades de crecimiento en el futuro.

Consideramos que el principio de igual libertad es universal, es decir, es válido en cualquier país, y en cualquier circunstancia. Por esta razón, nuestra política internacional busca extender este principio a todos los países y todas las sociedades.

Un mundo más justo, además de ser una exigencia ética, es una necesidad en un contexto globalizado, para garantizar la estabilidad política de nuestro orden internacional, así como nuestra seguridad y nuestras opciones de desarrollo. En síntesis, los socialistas democráticos defendemos una política internacional cooperativa, basada en el diálogo y en la diplomacia, y no en la superioridad militar. Una política que favorezca la ayuda al desarrollo, la cooperación, y el multilateralismo, favorable a la creación de foros de diálogos internacionales e instituciones no excluyentes.

Los principios que perseguimos los socialistas, nuestras ideas y nuestros valores, forman ya parte de nuestra realidad. En España y en el mundo, los hemos materializado en cada conquista democrática, en cada nuevo derecho. Detrás de estos logros, hay personas que han visto como sus opciones vitales se ampliaban. Esta evidencia nos hace creer en el progreso, alimenta nuestra esperanza y es la mejor vacuna frente al escepticismo y la resistencia al cambio propio de la ideología conservadora.

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