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José Aurelio  Aguilar  Román

Málaga: socializar el éxito


En 10 años, Málaga será la provincia más poblada de Andalucía. Así se recoge en las proyecciones del INE que publicó este periódico hace unas semanas.

De esta forma, ya no sólo seremos el ‘motor económico’ de la comunidad como somos desde hace tiempo, sino que seremos la primera provincia andaluza en todos los órdenes.

Málaga es una provincia en crecimiento permanente y con una población cada vez más dinámica. De las siete ciudades andaluzas que más población han ganado desde 2018, seis son malagueñas, liderando el ranking Málaga capital y Marbella.

Somos, por tanto, una provincia con ciudades grandes y medias muy importantes, con decenas de miles de autónomos, pymes, trabajadores, profesionales, jóvenes y familias que están construyendo cada día una realidad distinta. Málaga y su gran actividad económica, atrae población, inversión, talento y actividad.

Toda esta transformación de Málaga, que nos ha convertido en un referente internacional en turismo, tecnología, cultura y calidad de vida, no ha sido fruto del azar. Nuestra provincia no cambió simplemente porque el mercado decidiera invertir aquí o porque el clima atrajera visitantes. Detrás de este proceso hubo una planificación estratégica y una apuesta decidida de las administraciones públicas.

La provincia demandaba la mejora de las infraestructuras, la apertura internacional, la innovación, la cultura y la diversificación económica. Fueron inversiones públicas como la ampliación del aeropuerto, la llegada del AVE, la modernización del puerto, la mejora en carreteras, la apuesta por la Universidad de Málaga o el desarrollo del Parque Tecnológico, entre otras muchas, las que hicieron de nuestra provincia una de las zonas más dinámicas de Europa.

Málaga ganó población, empleo, empresas, turismo, prestigio internacional e inversión. Sería injusto negar que las políticas públicas contribuyeron decisivamente a ese cambio.

Pero precisamente porque las políticas públicas hicieron posible el crecimiento, también deben asumir la responsabilidad de responder a las consecuencias adversas que ese crecimiento genera.

Hoy nuestra provincia afronta retos muy distintos a los de hace treinta años. El acceso a la vivienda se ha convertido en una preocupación para miles de familias. Los jóvenes encuentran enormes dificultades para emanciparse. El precio de los alquileres y de la vivienda ha crecido a un ritmo muy superior al de los salarios. La presión turística transforma nuestras ciudades y barrios, mientras los problemas de movilidad aumentan en una ‘conurbación’ que continúan creciendo.

No se trata de cuestionar el éxito alcanzado. Al contrario. El problema no es que nuestra provincia haya crecido y vaya a seguir creciendo. El problema sería actuar como si ese crecimiento no exigiera nuevas respuestas.

Durante décadas las políticas públicas estuvieron orientadas a atraer inversiones, visitantes, empresas y oportunidades. Esa era la prioridad. Hoy la prioridad debe ser otra: garantizar que ese éxito siga siendo compatible con el derecho a seguir viviendo en nuestras ciudades.

Toda política pública genera efectos. Los previstos y los no previstos. Las mejores políticas son aquellas que saben corregir sus propios efectos secundarios sin renunciar a los objetivos alcanzados. La provincia de Málaga necesita ahora esa segunda generación de políticas.

Más vivienda asequible, una mejor regulación de los usos turísticos, inversiones en movilidad metropolitana, mayor equilibrio entre territorios y una estrategia que sitúe la calidad de vida de los residentes en el centro de las decisiones públicas no significan rectificar un modelo de éxito, sino consolidarlo. Se trata de ‘socializar el éxito’, hacerlo compartido.

Quizás el mayor error sería caer en un falso dilema entre crecimiento y bienestar. Málaga necesita ambas cosas. Necesita seguir siendo un territorio atractivo para la inversión, el talento y el turismo, pero también un lugar accesible para quienes trabajan, formar una familia o desean desarrollar aquí su proyecto de vida. Ya no se trata de cómo crecer, sino de cómo gestionar con inteligencia las consecuencias del éxito.

Porque el verdadero indicador del progreso no es únicamente el número de turistas que se reciben ni las inversiones que se atraen. También lo es la capacidad de sus vecinos para seguir sintiendo que sus ciudades les pertenecen.

Málaga tuvo políticas para crecer. Ahora necesita políticas para vivir.

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