BLOGOSFERA

Rafael Granados Ruiz

España, el dique socialdemócrata de Europa


Europa se juega mucho más que una sucesión de elecciones. Se juega qué sociedad quiere ser durante las próximas décadas.

La extrema derecha ya no llama a las puertas de las instituciones europeas. Ha entrado en ellas. Gobierna en algunos países, condiciona mayorías en otros y, quizás lo más preocupante, está consiguiendo que una parte de la derecha tradicional asuma algunos de sus discursos sobre inmigración, identidad, igualdad o derechos sociales.

Pero Europa no está condenada a ese futuro.

Suecia acaba de ofrecer una señal esperanzadora. A falta del escrutinio definitivo, el bloque encabezado por la socialdemócrata Magdalena Andersson se sitúa por delante de las fuerzas conservadoras, mientras la extrema derecha de los Demócratas de Suecia sufre un importante retroceso.

La enseñanza es evidente: la extrema derecha puede avanzar, pero también puede retroceder.

Y mientras eso ocurre en Suecia, España ofrece otra señal que merece ser observada desde Europa.

El último barómetro del CIS vuelve a situar al PSOE como primera fuerza política, con un 31% de estimación de voto y más de cinco puntos de ventaja sobre el Partido Popular. Es verdad que los socialistas retroceden respecto al anterior barómetro y que Vox crece. Ignorarlo sería un error. Pero también lo sería no reparar en el dato políticamente más significativo: después de años de enormes crisis sucesivas y de una oposición instalada permanentemente en el discurso del derribo, la socialdemocracia española continúa demostrando una extraordinaria capacidad de resistencia.

No estamos ante un hecho menor. En una Europa donde la derecha radical crece, España mantiene un espacio socialdemócrata fuerte y competitivo, capaz de seguir siendo la primera opción para millones de ciudadanos.

¿Por qué? Probablemente porque, más allá del ruido político cotidiano, existe una parte importante de la sociedad española que sabe distinguir entre la confrontación y los hechos.

Cuando llegaron las dificultades, España no respondió con las recetas de austeridad de otras crisis. Respondió protegiendo el empleo, aumentando el salario mínimo, revalorizando las pensiones, fortaleciendo derechos laborales y ampliando la protección social.

Ese modelo tiene un nombre: socialdemocracia. Y por eso España puede se convierte en uno de sus grandes baluartes europeos.

Pero sería un grave error interpretar los datos desde la autocomplacencia. El crecimiento de Vox constituye también una advertencia. Existe malestar, incertidumbre y preocupación ante problemas como la vivienda, la inmigración, el coste de la vida o el futuro de nuestros jóvenes.

La respuesta progresista no puede consistir en negar esas preocupaciones. Tiene que consistir en resolverlas.

Porque cuando la política democrática no ofrece respuestas, el populismo ofrece culpables.

Ahí se encuentra la verdadera batalla. La extrema derecha no se combate solamente denunciándola. Se combate gobernando bien.

Garantizando vivienda asequible. Defendiendo una sanidad y una educación públicas de calidad. Creando empleo digno. Protegiendo las pensiones. Gestionando con responsabilidad la inmigración. Ofreciendo oportunidades a los jóvenes y garantizando que vivir en un pequeño municipio no signifique disponer de menos derechos.

Y, sobre todo, estando donde siempre estuvo la socialdemocracia: junto a las clases trabajadoras y las clases medias.

También la derecha tradicional tiene que decidir qué quiere ser. Puede defender su propio proyecto conservador dentro de los grandes consensos democráticos europeos o puede continuar acercándose al terreno ideológico de la extrema derecha.

La experiencia europea demuestra que cuando la derecha democrática compra el discurso de la extrema derecha, rara vez la debilita. Normalmente la legitima.

España tiene, por tanto, una responsabilidad que va mucho más allá de nuestras fronteras.

Suecia demuestra que la ola reaccionaria puede frenarse. España puede demostrar que existe una alternativa capaz de gobernar, crecer económicamente y, al mismo tiempo, proteger a quienes más lo necesitan.

No se trata de afirmar que todo se ha hecho bien. Se han cometido errores y quedan problemas importantes por resolver. La socialdemocracia nunca debe refugiarse en la complacencia porque nació precisamente para transformar la realidad.

Pero tampoco debemos aceptar el relato interesado de quienes llevan años anunciando el final del progresismo español.

Los datos vuelven a decir otra cosa.

Europa no está condenada a la extrema derecha. La socialdemocracia sigue viva, compite y puede ganar.

Suecia acaba de recordarlo.

España lleva años demostrándolo.

Y quizás la gran responsabilidad de los progresistas españoles sea precisamente esa: hacer de nuestro país no la última resistencia de la socialdemocracia europea, sino el punto desde el que comience su recuperación.

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